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Descripción

En 1974, cuando Miss Shepherd y su furgoneta se instalaron definitivamente en el jardín de la casa de Alan Bennett, ya hacía varios años que ambas eran conocidas en el barrio. No se podría decir que circulaban, porque la furgoneta de Miss Shepherd era muy poco móvil, y estaba casi siempre aparcada no lejos del convento de la esquina. La primera vez que la vio, Bennett había caído en la trampa, y había aceptado empujarla para que pudiera aparcar en otro sitio, mientras la anciana dama, sentada al volante, ondulaba el brazo haciéndole señas con la gracia de una bailarina. Pero la voz y el gesto de la conductora fueron menos gráciles cuando él ya no pudo más y dejó de empujar, y ella protestó que quería ir mucho más allá, al final de la calle.

Y así, tras algunos extraños encuentros -en 1971 la dama le había confiado que se había cruzado con una serpiente, una boa constrictor que parecía dirigirse a su furgoneta-, y después de que algunos gamberros comenzaran a atacarla, y dos borrachos hicieran trizas minuciosamente los cristales de la furgoneta, Alan Bennett le sugirió que pasara las noches en un cobertizo de su jardín. Aunque, afirma el escritor, él jamás se engañó pensando que su impulso obedecía a razones puramente caritativas; aquel sadismo ejercido a las puertas de su casa le había perturbado demasiado, se pasaba el día vigilando que no le sucediera nada a Miss Shepherd, y así no podía escribir. Y, poco a poco, ella se mudó al cobertizo, y luego mudó la furgoneta -repleta de ropa vieja y de harapos, de bolsas de basura, de trastos indefinibles, y espolvoreada abundantemente con polvos de talco para mantener la higiene- al jardín. Y éste fue el comienzo de una extraña convivencia que duraría quince años, hasta la muerte de la excéntrica, reservada y digna Miss Shepherd, que no era la reina de Inglaterra, aquella lectora nada común de otro de los imprevisibles y seductores relatos de Bennett, sino una persona y una presencia muy reales, y con más de una identidad y una vida, como descubrió Bennett después de su muerte.

«El hipnótico retrato de una marginada con un espíritu indomable, un texto sostenido a partes iguales por la fascinación y la compasión. Y también por algunos de los estallidos de comicidad más inteligentes que ha producido la escritura del siglo XX» (The Village Voice).

«Un relato surrealista, grotesco, melancólico y divertido a la vez, y un nuevo regalo del autor, entre otras obras, de la memorable Una lectora nada común» (Nico Orengo, La Stampa).

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